Cuando hablamos de inteligencia artificial, el debate suele oscilar entre el entusiasmo tecno-optimista y el temor a una sustitución masiva de puestos de trabajo. Sin embargo, cuando se observa el fenómeno desde la perspectiva de una empresa tecnológica que trabaja a diario en la intersección entre algoritmos y procesos empresariales, la perspectiva es muy distinta.
La llegada de la IA al mercado laboral puede interpretarse como una amenaza para el empleo o, por el contrario, como una oportunidad histórica para mejorar la calidad del trabajo.
La verdadera cuestión no es si la IA trabajará en nuestro lugar, sino cómo puede ayudarnos a liberarnos de las tareas repetitivas y devolver el protagonismo a las relaciones, el ingenio y la creatividad.
No podemos ignorar los datos. Según el reciente informe de Censis-Confcooperative “Inteligencia artificial y personas: ¿quién estará al servicio de quién?”, el impacto de la revolución algorítmica sobre la sociedad italiana será considerable.
De aquí a 2035, alrededor de 15 millones de trabajadores italianos —aproximadamente una cuarta parte de toda la población— estarán expuestos al impacto de la IA. De ellos, cerca de 6 millones podrían ver cómo sus funciones actuales se reducen significativamente o incluso desaparecen.
Son cifras que no pueden pasarse por alto y que exigen una respuesta sin precedentes tanto por parte de las instituciones como de las empresas.
Sin embargo, existe otra cara de la moneda: alrededor de 9 millones de trabajadores podrán incorporar la IA a sus funciones y orientar su actividad diaria hacia tareas más estratégicas y de mayor valor, reduciendo el peso de las actividades puramente operativas.
Uno de los datos más significativos, destacado también por Il Sole 24 Ore, tiene que ver con el perfil de los profesionales más expuestos. A diferencia de anteriores revoluciones industriales, la exposición a la IA es especialmente elevada entre las clases medias y medio-altas y tiende a aumentar con el nivel educativo.
Hoy la IA no afecta principalmente a quienes realizan tareas manuales complejas en entornos variables, sino a los “white collar”, como contables, desarrolladores de software, profesionales del sector bancario, consultores, economistas y especialistas en seguros.
Es una revolución que está teniendo lugar en las oficinas, no en las líneas de producción.
Otro aspecto crítico que requiere especial atención es el impacto sobre la igualdad de género.
Dado que las mujeres están estadísticamente menos representadas en los trabajos predominantemente manuales, pueden estar más expuestas a la automatización de tareas cognitivas y administrativas.
Sin una gobernanza responsable, existe el riesgo de que la IA amplíe la brecha de género y ponga en peligro décadas de avances hacia una mayor igualdad.
La responsabilidad social empresarial y la sostenibilidad desempeñarán un papel cada vez más importante a la hora de corregir desequilibrios y evitar excesos.
Empresarios y directivos no pueden limitarse a implantar tecnología únicamente para reducir costes. Todos tenemos la responsabilidad de promover una gobernanza ética y transparente e invertir de forma significativa en programas de upskilling y reskilling para evitar que las personas se queden atrás.
La tecnología debe ser una herramienta al servicio de un progreso social inclusivo y sostenible a largo plazo, no un fin orientado únicamente a maximizar el beneficio a corto plazo, independientemente de sus consecuencias sociales y medioambientales.
Si se gestiona correctamente, la IA puede convertirse en uno de los mayores motores de productividad jamás desarrollados.
Las estimaciones apuntan a que, durante los próximos diez años, el crecimiento del PIB vinculado a la IA podría alcanzar alrededor de un 1,8 %, generando aproximadamente 40.000 millones de euros de valor añadido para la economía italiana.
Para las empresas, esto puede traducirse en una reducción significativa del time-to-market y en nuevas oportunidades de negocio.
Al delegar en agentes de IA las tareas más repetitivas y exigentes —por ejemplo, la síntesis de grandes volúmenes de datos o la generación de código básico—, las empresas pueden avanzar más rápido, innovar con mayor frecuencia y responder a las necesidades de los clientes con un nivel de rapidez y personalización que antes habría sido difícil de sostener.
La IA no debería servir para eliminar empleos, sino para reducir el trabajo cognitivo repetitivo y de bajo valor, permitiendo que los profesionales se concentren en las relaciones humanas, la resolución de problemas complejos y la creatividad.
Las profesiones cualificadas con tareas altamente automatizables se encuentran entre las más expuestas.
Quienes desempeñan funciones basadas principalmente en rutinas repetitivas, introducción manual de datos, hojas de cálculo o cálculos estructurados tendrán que evolucionar.
Profesionales como historiadores, project managers y directivos podrán encontrar en la IA el “copiloto” ideal: un asistente digital incansable capaz de analizar grandes volúmenes de información, detectar posibles desviaciones presupuestarias y plantear distintos escenarios para apoyar la toma de decisiones en tiempo real.
El objetivo final debería ser construir una “fábrica digital centrada en las personas”.
En este modelo, la tecnología no aísla a las personas, sino que les permite aportar más valor dentro de un entorno de trabajo con mayor autonomía y capacidad de decisión.
Un contable no desaparecerá necesariamente, pero podrá evolucionar hacia un papel de asesor estratégico, ayudando a las organizaciones a interpretar y contextualizar los datos.
Un desarrollador de software no dejará de escribir código, pero podrá dedicar más tiempo al diseño de soluciones innovadoras para problemas complejos, dejando a los agentes de IA las tareas de programación más básicas y rutinarias.
Para afrontar la era de la inteligencia artificial, los profesionales tendrán que adoptar un enfoque proactivo y flexible y entender la formación como un proceso continuo.
Ya no basta con obtener una titulación y considerar completado el aprendizaje. La actualización constante, las certificaciones digitales y una base técnica y científica sólida serán cada vez más importantes en un mercado laboral cada vez más automatizado.
La adaptabilidad se está convirtiendo en una competencia esencial. El coraje, la curiosidad y unas sólidas habilidades interpersonales permitirán a los profesionales reinventarse a lo largo de su carrera.
Al mismo tiempo, el networking a través de canales digitales está evolucionando de una simple herramienta de visibilidad a un recurso estratégico. Saber utilizar eficazmente las plataformas digitales y las redes sociales será cada vez más importante para identificar oportunidades de mercado aún no exploradas y desarrollar estrategias comerciales más eficaces.
La cultura digital y la ciberseguridad también se están convirtiendo en pilares fundamentales del entorno profesional actual.
Proteger los datos y gestionar la reputación online ya no son cuestiones secundarias. Un ciberataque puede tener consecuencias más graves para una empresa que una catástrofe natural, llegando incluso a poner en riesgo su continuidad.
En este contexto, invertir en seguridad y competencias digitales es esencial tanto para aprovechar las oportunidades generadas por la transformación tecnológica como para reforzar la resiliencia profesional y empresarial a largo plazo.
El reto que tenemos por delante es, ante todo, cultural.
Como CEO, considero que esta transición debe gestionarse no solo teniendo en cuenta los resultados económicos, sino también siendo conscientes de que cada línea de código debería contribuir, en última instancia, a mejorar la vida de las personas.
La inteligencia artificial es un reflejo de nuestra capacidad para evolucionar.
Si sabemos aprovechar esta oportunidad con responsabilidad ética, podremos construir un mercado laboral en el que las personas dejen de ser simples engranajes de la máquina y pasen a decidir cómo utilizar la tecnología y qué valor queremos generar con ella.
La pregunta no es si las máquinas nos sustituirán, sino si seremos lo suficientemente valientes como para permitir que nos ayuden a ser más humanos.